Por Pablo J. Gasc
No dudo que los fanáticos de los Lakers puedan no estar muy felices con las noticias, sin embargo creo que al deporte en general le hace bien ponerse firmes ante las situaciones poco deportivas. Las imágenes fueron claras. Nítidas. Lo del domingo en el Staples Center de Los Ángeles no tiene nombre. No fue una celebración desmedida, fue una agresión fragante. Descarada.
Lo de Ron Artest fue de otro planeta. En realidad de otra práctica sin reglas. Si bien es cierto el baloncesto es un deporte de contacto, lo que vimos todos fue un asalto. Un codazo en la cara del jugador rival. Los fanáticos frenéticos avivaban a su jugador que acababa de encestar para su equipo mientras en el suelo, casi inconsciente, James Harden, el defensa de Oklahoma City yacía boca abajo.
Artest, alero estrella de los Lakers, en su camiseta lleva escrito “World Peace” (Paz en el mundo), sin embargo, si miramos a su historial de violencia, posiblemente sea el menos indicado como embajador de paz. Gracias a su nueva locura ha dejado a su equipo, los Lakers, sin una valiosa pieza de cara a los playoffs.
Harden estará un par de partidos fuera debido al ataque que le causo una sebera contusión cerebral, mientras que Artest, deberá mirar de lejos a sus compañeros por siete juegos. Si los Lakers fuesen eliminados en la primera ronda de los playoffs, entonces los juegos que le queden sin cumplir tendrá que completarlos la próxima temporada.
Claramente los argumentos de Peace no convencieron al panel. Puede que sea una buena persona, como declara su compañero de equipo Kobe Bryant, no tengo por qué dudarlo, no estamos aquí para emitir juicios, sin embargo lo que hizo estuvo mal, debe ser castigado. Siete juegos y 350 mil dólares de multa. A ver si después de esa celebración desmedida le quedan ganas de otra.






